PAISAJES PERUANOS

25 02 2011

Por su cercanía a Choquequirao, “El paso del Apurímac” es el capítulo que más nos conmueve. La obra de José de la Riva-Agüero presenta en ese tercer capítulo la más hermosa descripción de esa zona específica de la falla geológica que hoy se conoce como el Cañón de Acobamba.

Riva-Agüero opta por explorar la sierra peruana en un época en que esta permanecía aislada (sólo podía llegarse a Cuzco en mula) y era menospreciada por los círculos que el autor frecuentaba en Lima. Porras señala acertadamente que “(…) la historia está adherida a la tierra y brota de ella un mandato ineludible. Sin aceptar el determinismo fatalista del medio , no cabe dudar de la influencia culminante del medio en la vida primitiva de los pueblos y  en las orientaciones fundamentales de su cultura, como tampoco la reacción del hombre al reto de la naturaleza.”

Esta edición de 1995 tiene un fantástico estudio preliminar de Porras Barrenechea

Ya hemos hecho referencia a nuestra posición contraria al determinismo geográfico, por tanto suscribimos enteramente las palabras del historiador. La sierra peruana tiene una bravura de puma acosado, diría Alegría, y la misma bravura definió la personalidad del hombre andino que la aprovechó sabiamente.

Como Riva-Agüero a principios del siglo XX, el viajero de hoy que se aproxime a pie a esta sección del Cañon del Apurímac, reconocerá súbitamente la ferocidad de una geografía indomable. El paisaje aquí es conmovedor, devastador; hay que ir bien preparados para enfrentar cuestas imposibles y bajadas sin fin. Al fondo siempre el río Apurímac.

Dejemos que Riva-Agüero nos narre su hazaña:

(Extracto libre)

“Apurímac se traduce príncipe sonoro o rey de los ríos y fue adorado por los indígenas entre los mayores dioses. Al norte y a los confines occidentales, se empina la cordillera en violácea gradería, de la que emergen el Soray y el Salcantay embozados en nieves y nubes, y a cuyos pies se guarecen, adivinadas en la lejanía, entre bosques tropicales invisibles, las fortalezas de Choquequirao y Vilcabamba, últimos refugios de los incas proscritos.

 Diríase que descendemos a la cripta de un rey sobrehumano. Aún no oímos la corriente. De pronto, en una revuelta del camino, un fragor indecible nos asorda; y entre obscuros y desmesurados bastiones graníticos y calcáreos, relumbra el Apurímac, a modo de una grande espada curva. En este momento acuden a mi memoria versos de Manuel Adolfo García, que leí en mi niñez. Dicen:

 ‘las juguetonas sirenas del Apurímac’

 ¡Cómo ignoraron y falsearon nuestros románticos la verdadera fisonomía del paisaje peruano! Este foso de piedra profundísimo, en el que hierve el caudal espumante de las aguas, a nadie puede ofrecerle imágenes de juego y de blandura: es un cuadro de salvaje belleza, de exaltación siniestra, sucitador de un sombrío frenesí. El numen de sus orillas era una cruel divinidad que inspiraba furor profético, y a la que erigieron los indios un templo célebre, en la ribera oriental. Profería el oráculo sus sentencias junto al estrépito del río. Su santuario, según Pedro Pizarro, estaba muy pintado, sin duda de bermellón y amarillo naranja como los otros principales del país. Cerca de él, añade Cieza, había un palacio habitado por los incas cuando acudían en peregrinación a consultar al Ídolo, como todavía lo hizo el último Manco. La efigie era un leño grueso y rudo, tinto en la sangre de los sacrificios.

De curso arrebatadísimo el Apurímac es en este sitio impropio para la navegación. Sin campos en sus orillas, sumido en honda concavidad, entre formidables acantilados de piedra, es igualmente inútil para el riego. Ajeno a todo menester prosaico, tiene aquí sólo el desinteresado valor de un espectáculo, la esterilidad fecunda de los seres más nobles: incomparable excitante para la imaginación, aliento para el alma, exhortación de sublime vehemencia, visión significativa y magnífica, heroico entre sus almenas rocas, destrozador de las moles ingentes, vencedor de las más duras breñas. Apurímac; eje de toda nuestra historia, es la gigante voz de la patria, el sacro río de los vaticinios, que naciendo entre riscos saturados de leyendas y recuerdos, corre impaciente a dilatarse en las llanuras amazónicas.

En el seno de la quebrada sofocan el calor y las nubes de mosquitos. No se ve del cielo más que una angosta franja de intenso azul. La corriente, velocísima y lodosa, arrastra ramas y pedruscos; se crispa en unas partes con espumosos remolinos; presenta en otras, placas lívidas y aceradas, centellea más abajo como las mallas de una armadura.

 El puente nuevo, denominado Tablachaca, que sucedió al antiguo colgante de mimbres (descrito por Markham, Squier y Castelnau) fue cortado en la revolución del anteaño. Al extremo opuesto, hay una gran peña a cuya sombra me siento.

 La subida es un molesto sendero. Serpentea en las laderas abruptas, sobre el abismo del río. Duermo en la hacienda, a la madrugada siguiente, subo al pueblo de Curahuasi.”

Son muchos y muy variados los comentarios que podemos hacer a este pasaje. Habiendo ya reconocido y admirado la cualidad artística de la descripción (creemos que no se ha publicado nade mejor en ese respecto) toca ahora hacer unas precisiones.

En cuanto al significado que nuestro autor postula para Apurímac, léase “príncipe sonoro o rey de los ríos”, debemos decir que se trata de una etimología popular carente de sustento fáctico. El término está compuesto por la raíz “rímac” que quiere decir “hablante” o “hablador” y el modificador “apu” que significa mayor o “principal” ambos en quechua. De lo anterior se colige que Apurímac es en realidad “Hablador principal”.

El término ha sido analizado por el eximio linguista Rodolfo Cerrón-Palomino y ya trataremos espicíficamente de ello en otro post. Baste por ahora precisar que la idea “del río que habla” no es propia del mundo andino. “Hablador principal” hace referencia a otra idea; se trata del oráculo mayor cuya sede se ubicaba cerca del río en esta misma zona. Si bien el historiador John Hemming sostiene que dicha sede se ubicaría en Saywite, el antropólogo Marco Curatola ha deslizado la idea que la locación correspondería mas bien al mismísimo Choquequirao. Coincidimos con la última tésis, sobra la que ahondaremos también en otro post.

A la definición de Apurímac como oráculo principal sirven la acotaciones deRiva-Agüero pues identifica la existencia  de una “cruel divinidad que inspiraba furor profético (…) Profería el oráculo sus sentencias junto al estrépito del río.” Además precisa que habría estado pintado de bermellón (es decir, de color rojo) como otros santuarios mayores -se nos viene a la mente Pachacámac-. Acerca del enlucido rojo, podemos adelantar que los más conspicuos estudiosos de Choquequirao ya han determinado que algunos de sus sectores  estaban pintados, precisamente, de rojo. Prometemos investigar el tema y publicar al respecto. Por último, la idea que el inca rebelde de Vilcabamba haya consultado específicamente a este oráculo (“como todavía lo hizo el último Manco”) refuerza nuestra tésis de Choquequirao como sede del Apurímac. Esto es así porque es sabido que la “tierra de guerra” es decir, la zona dominada por Manco Inca y vedada a los españoles se extendía hacia el sur oeste hasta el Apurímac. Por encima del río se ubica Choquequirao y Manco pudo haber accedido a la sede oracular por el camino que une Vitcos (centro político de Vilcabamba durante los primeros años de la gesta) con Pincha Unuyoc y Choquequirao, sin tener que haber abandonado la tierra que permanecía bajo su control. Nada de esto supo Riva-Agüero ya que quien centraría su interés en Vitcos y los incas de Vilcabamba sería Bingham, quien ese mismo año recorría el otro lado de la cordillera, siguiendo el curso del Urubamba.

Es una lástima que Riva-Agüero no se haya animado a recorrer los escasos kilómetros (deben ser a lo más 5) entre el Tablachaca (literalmente, “puente de tabla”) y el Maucachaca (puente antiguo hecho de ichu). Indica que el puente de ichu “fue cortado en la revolución del anteaño” es decir, ya no colgaba más. Sin embargo se hubiera deslumbrado con el túnel inca que conduce al puente y con seguridad  nos habría legado la descripción más bella de su entorno.





El Alma y los Andes

10 06 2010

En el Alma de quien cruce los Andes

persistirá siempre

como una herida

la impresión del paisaje

Ciro Alegría; el alma en los Andes (Puerto Rico, 1952)

Las palabras de Alegría son claras.

¿Pero qué hay detrás de esa claridad?

El paisaje es parte del hombre, sin duda. Pero el paisaje peruano es determinante. En otras palabras, el paisaje del Perú es además de un entorno cultural,  un elemento creador, transformador. Un pachacuti.

Si todos los peruanos nos reconociéramos como andinos la mediocridad intelectual que se manifiesta en expresiones racistas / discriminatorias pronto se desvanecería.

El paisaje del ande es protagonista en la obra de Alegría, también es un escenario, un “setting” majestuoso.

El limeño que habita la segunda capital más desértica del mundo es tan andino como el iquiteño viviendo en la ribera del Amazonas y el puneño junto al Titicaca.

La Cordillera de los Andes es la espina dorsal del Perú, y si bien determinó los ciclos culturales, los encumbramientos y colapsos de las naciones antiguas, la primera  civilización americana (Caral) y el último imperio del continente (Inca), nuestra identidad andina no termina de calar en los peruanos. Y debería.

Importa destacar que la determinación producto de los Andes nada tiene que ver con los postulados de las tésis del determinismo geográfico. Todo lo contrario. Los Andes impregnan al Perú con casi todos los climas del mundo y sería un absurdo racista arguir que por ser un país tropical (ubicado entre los trópicos) su gente somos de tal o cual modo. Ya lo ha aclarado meridianamente el Pulitzer Jared Diamond en “Guns, Germs and Steel”.

El alma herida por el paisaje andino es una bella forma de anunciar la inmensa riqueza cultural peruana, porque nuestro paisaje está discretamente plagado (no es una contradicción) de manifestaciones culturales. Las cumbres más altas fueron sede y testigos de las capac hucha; sacrificios humanos  realizados para aplacar la ira de los apus, agradecerles las cosechas y pedirles por la abundancia de agua (La Dama de Ambato en Arequipa). Las abras en los valles inter-andinos, de la zona quechua, sembrados de apachetas y huancas que marcan la humilde presencia humana ya sea en los lugares más apartados como también en medio de las casas o kanchas. En las yungas o zonas bajas de la costa, las laderas de los cerros y las pampas decoradas con figuras como sucede en Nazca, Palpa, Toro Muerto. Finalmente, las yungas amazónicas son fuente ancestral de conocimiento por excelencia. No es casualidad entonces que los antis, la etnia que habitaba la entrada a la selva amazónica en Vilcabamba haya dado nombre a la Cordillera de los Andes.

La obra de Alegría es una invitación a recorrer el mundo andino, que es el Perú.