El primer gringo en Choquequirao fue un francés que parecía afeminado

12 12 2010

En el prólogo del  tomo II de la Colección de Viajeros en el Perú, Raúl Porras Barrenechea cuenta que se trataba del Secretario de la Embajada de Francia en Río de Janeiro. Era un joven aventurero nacido en París y coincidió con Flora Tristán en Arequipa en 1834.

De Sartiges – Botmiliau Dos viajeros franceses en el Perú Repulicano edición de 1947 dirigida por el Dr. Porras Barrenechea

Tristán nos presenta la figura de un tipo afeminado, “una girl inglesa” diría Porras. El joven llevaba risos rubios, tenía las mejillas rosadas, las manos blancas y los arequipeños llegaron a dudar -con algo de burla- de su verdadero sexo.

A pesar de la antipatía que le tenía al muchacho de 22 años, Tristán no deja de reconocer la fortaleza de aquél arrojado viajero que había logrado superar las más arduas pruebas de resistencia a lo largo de sus periplos. Por lo demás, fue todo un éxito con las mujeres arequipeñas, que pugnaban por un mechón rubio.

Ostentaba el título nobiliario de Vizconde, su nombre; Eugene de Sartiges. Pero firmó su obra “Voyage dans les Républiques de l’Amerique du Sud” con el seudónimo de E.S. de Lavandais. No se sabe porqué ocultaba su identidad.

¿Qué lo trajo de París a América, y qué lo llevó de Río a atravesar el Cabo de Hornos y penetrar en el Perú profundo? Porras presenta una inmejorable descripción esa motivación; “De Sartiges viaja, como todos sus contemporáneos románticos, por fatiga de lo cotidiano, por hastío de lo conocido y necesidad de lejanía”. Frase exacta y hermosa.

A continuación un extracto libre de la obra del joven francés en torno a la aventura que vivió yendo y viniendo de Choquequirao ¡en 1834!:

“Me era duro decir adiós tan pronto a los magníficos paisajes de las cordilleras, era duro sobre todo dejar la región alta del Perú sin haber visitado una especie de Herculano peruana sobre la que había recogido, durante el camino, los relatos más extraños: la antigua ciudad de Choquequirao, casi perdida entre las ásperas soledades de la sierra que lleva su nombre. El cura del pueblo de Curaguasi* me habló de esas ruinas con un tono misterioso. No pude más y en vez de dirigirme hacia Lima, tomé la senda de la alta cordillera, desde donde debía llegar a las gargantas en las que se ocultan, a orillas del Apurímac, los monumentos de Choquequirao. El cura me dio una carta para el jefe de postas de Mollepata, población en la cual debía apartarme del gran camino que va hacia Lima, para dirigirme a la cordillera.

 En la hacienda Huadquiña me proponía hacer los últimos preparativos para una excursión que no carecía de peligros y que exigía el concurso de quince trabajadores indios, dirigidos por un guía experimentado. Desde allí hasta Choquequirao, no Íbamos a encontrar más abrigo que la bóveda de los bosques, ni otro lugar de reposo que el borde de los torrentes.

 Dije a mi anfitrión en Huadquiña el motivo de mi excursión y mi esperanza de penetrar en Choquequirao. Me presentó la cosa como algo casi imposible

 Para descender fue preciso decir adiós a nuestras mulas y nos dirigimos en línea recta hacia el Apurímac, que corría algunos miles de pies más abajo.

 ¡Qué cosa más horrible es ser los primeros en abrir una trocha a través de los bosques!

 De tiempo en tiempo una hendidura enorme cortaba el camino y  era preciso, para pasar, fabricar un puente colgante. Felizmente no faltaban las lianas para atarlos con solidez

 La provisión de agua se agotó. Correr sin agua en pleno sol y esto durante diez horas consecutivas, era para llorar de rabia

 El cuarto día el camino fue marcado por nuevas fatigas y a la mañana siguiente divisamos las primeras casas de la ciudad desierta de Choquequirao.

 A cada paso encontrábamos vestigios de civilización. Si se sigue la línea principal de casas que desciende en gradería sobre los flancos de la montaña, se llega a una vasta plaza que tiene a un lado un palacio y al otro un pórtico o más bien un muro triunfal.

 Los indios derribaron los árboles que crecían en una de las alas del palacio, hicieron un techo de bambú y de cañas y allí establecimos nuestro campamento para los ocho días que intentábamos pasar en Choquequirao.

 Las calles eran estrechas, sobre todo aquellas que atravesaban la ciudad en dirección de la pendiente de la montaña que formaba un arco profundo al norte. Detrás se elevaban rocas dentelladas cortadas a pico y cubiertas de nieve. Al este y al oeste, dos estribaciones de la montaña se extendían como brazos para ocultar y proteger las ruinas. Al sur, y a gran profundidad, corría el Apurímac.

 Un montículo de forma circular se destacaba de la ciudad y avanzaba como un promontorio por encima del río. Sin duda era uno de los lugares destinados a los sacrificios y a la oración.

 Los muertos estaban sepultados en huecos abiertos en las rocas y nada se enterraba con ellos. ¡Nada para enseñarnos cómo fue su vida y su muerte! Como única huella de su existencia, osamentas sin mortajas ni vasos funerarios y un nombre apenas conservado por la tradición.

 En realidad, es una historia melancólica la de las antiguas poblaciones del Perú. Apenas han transcurrido trescientos años desde la conquista y las ciudades más magnificas han desaparecido dejando como pruebas de su existencia sólo vastas ruinas sin nombre.”

*Curahuasi tenía por esa época 400 casas de teja y paja y 3,000 habitantes.

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